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Filípicas en el Supremo

Filípicas en el Supremo



En la sala donde se celebra este juicio en el Tribunal Supremo se dilucida algo más que el examen de unas responsabilidades penales. Se libra también una batalla por el relato, que es tan importante como el fallo judicial.
De eso era ayer muy consciente el fiscal Javier Zaragoza, que había preparado minuciosamente su intervención para demoler el alegato independentista de los abogados defensores. Sin alzar el tono de voz, de forma firme y pausada, Zaragoza fue desmontando «los libelos acusatorios» que en la jornada anterior habían intentado «desacreditar a la Justicia y cuestionar la calidad de la democracia».
«Se quiere sentar al Estado en el banquillo», afirmó el fiscal, que subrayó que los inculpados «vulneraron los derechos de los ciudadanos y no al revés». Según sus palabras, «el relato independentista es una falacia de dimensiones colosales».
Una contundencia en los argumentos y una habilidad retórica que, salvando las distancias históricas, evoca al Cicerón de las Filípicas cuando subió a la tribuna del Senado para denunciar los abusos de poder de Marco Antonio.
«Vosotros, defensores del legado de César, ¿por qué vulnerais la ley?», recriminó Cicerón a los seguidores de Marco Antonio con un extraordinario arrojo que le costó la vida.
No era ya el poderoso consul que 20 años antes había denunciado la conspiración de Catilina en el Senado sino un hombre avejentado y solitario que osaba enfrentarse al dictador que se había proclamado sucesor de César y dominaba Roma con sus legiones.
Por eso tienen tanto valor estas Filípicas en las que Cicerón se encara con Marco Antonio y le dice estas palabras: «¿Cabe acaso mayor demencia que habiendo empuñado las armas para destruir la república, acuses a otro de haberlas tomado para intentar salvarla?».
Y prosigue en el mismo tono interrogativo: «¿Perdiste el honor y la vergüenza hasta el punto de atreverte a hablar en este foro tras haberlo llenado de hombres perversos?».
Marco Antonio no le perdonó esa brutal sinceridad y envió a sus secuaces a asesinar a Cicerón, que se había refugiado en su villa campestre de Formia. Y cometió este crimen de Estado con la complicidad de Octavio, que años antes había rendido homenaje a la víctima.
Todo esto sucedió hace más de veinte siglos, pero, como la historia se repite aunque sea en clave de farsa, merece la pena recordar las lecciones de Cicerón de que hay que defender la libertad cuando los tiranos quieren destruirla. Y esto enlaza con la intervención de ayer de Javier Zaragoza cuando afirmó que los independentistas pretendían «doblegar al Estado» e «imponer la voluntad de una minoría sobre la mayoría».
Oriol Junqueras, que declarará hoy, no es Marco Antonio ni parece un tipo violento pero, como señaló ayer Fidel Cadena, el otro fiscal que habló en la sesión, quienes se sientan en el banquillo han intentado destruir la Constitución mediante una conspiración en la que sí hubo uso de la fuerza. Y lo hubo porque los dirigentes nacionalistas utilizaron a las masas y el poder intimidatorio de los Mossos para llevar a cabo un golpe si no de Estado contra el Estado.
Este es un punto esencial del proceso porque los acusados se han presentado siempre como pacifistas que sufrieron la violencia del poder constituido, algo que Cadena rechazó ayer con argumentos muy sólidos.
Merece también la pena recordar que los fiscales, especialmente Javier Zaragoza, rebatieron la idea de que existe un derecho de determinación en Cataluña, vinculado a la soberanía del pueblo.
Ese derecho es una quimera porque está sujeto a las leyes y carece de reconocimiento internacional. En ese sentido, el fiscal recordó que los tribunales constitucionales de Alemania e Italia negaron a Baviera y al Veneto la posibilidad de hacer una consulta. Igualmente, y esto es relevante, Zaragoza refrescó la memoria a los independentistas cuando citó a Ibarretxe, que tuvo la decencia de someter su plan soberanista al Congreso de los Diputados.
Marchena y los otros seis jueces que presiden las vistas parecieron mostrar interés en la argumentación de Javier Zaragoza, al que miraban con visible interés cuando hablaba. Martínez Arrieta tomaba notas, y Luciano Varela, hierático en la sesión inaugural, giró su cabeza hacia el fiscal.
La anécdota más llamativa de la jornada fue la petición de Pedro Fernández, letrado de Vox en la acusación popular, que solicitó que se le prohibiera a Jordi Sànchez llevar un lazo amarillo en la solapa. Marchena, que tenía preparada la respuesta, le abrumó con jurisprudencia para negar la solicitud, alegando que los acusados tienen libertad para portar símbolos ideológicos o políticos.
Tras la interrupción de ayer, hoy se va a reanudar el juicio con la declaración de Oriol Junqueras, hasta ahora imperturbable en el banquillo. Su abogado ha sido el más agresivo en la labor de zapa de nuestro ordenamiento jurídico, por lo que todo indica que el líder de ERC seguirá esa estrategia de presentarse como un demócrata cuyos derechos han sido pisoteados.



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Author : (Pedro García Cuartango)

Publish date : 2019-02-14 00:54:45

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